"Escribir es la manera más profunda de leer la vida" Francisco Umbral


No se es poeta por saber leer, ni renombrado escritor por saber escribir. Los grandes hombres son los que saben, se proponen metas, se esfuerzan y las alcanzan.

sábado, 15 de febrero de 2014

Hasta rabiar.

Hay días que no sé si rabiar hasta quererte, o por el contrario quererte hasta rabiar. Es probable que ya sea insostenible seguir así, que no queden fuerzas de asegurar una amistad si no se convierte en amor. Quizás sea el miedo a perderte si se tuerce, que me cueste ver el blanco por el negro que se interpone en mi cabeza. Es imprescindible respirarte cerca, como el aire que me cuesta ahora tomar si no tengo tus palabras. A veces se me vuelca el corazón con un ligero roce de tu mano, pero otras, me encierro y me obligo a pensar que no puede llegar a más. Que todo en algún momento se estropea, y que debo esperar a que llegue otra persona, que se coloque entre tu mirada y la mía, y ya no queden más pupilas que las dos que se interpondrán entre tú y yo. Es el miedo el que me hace temblar, el que me echa para atrás cada vez que tus labios y los míos se acercan más de lo debido. La cabeza me obliga a huir, a correr hacia otro lado, a convencerme de que no hay nada que sentir. Pero por otra parte el corazón salta cuando te ve, cuando me tocas, cuando un beso en la mejilla desea ser sostenido en otra parte. No hay blanco, tampoco hay negro... reina el gris. Ese gris que se posa en mi pecho últimamente, que me inhibe la respiración. El gris que se cuela en mis sueños y me despierta  en la mañana pensando en ti. Mañanas en las que la mente me obliga a desperezarme y tomarme un café bien cargado, y en las que el corazón se aprisiona en la cama y desea seguir soñando. Efectivamente, qué sencillo sería vivir sin sentir nada.

Y por eso en días como hoy, rabio. Y ya no distingo si rabio por quererte, o te quiero y por eso rabio.

jueves, 16 de enero de 2014

Te espero, Senda del Tiempo.

Recientemente he descubierto que puede ponerse absolutamente todo patas arriba, en menos de lo que canta un gallo. Me gustaría decir que nada ha cambiado y que a pesar de las dificultades, las cosas siguen en su sitio. Pero no, no es así. Soy incapaz de alzar la vista ante ciertas caras, de pronunciar un qué tal que no sea tembloroso, de verles y no echar a correr en dirección contraria. Todo sucedió muy rápido. Cambios en la forma de ver los hechos, salvar a unos pocos o salvar a quien no tiene culpa de nada. Salvar a quien ignora el peligro en que pone a los demás, o salvar a quienes confían ciegamente, con esa mirada translúcida, cariñosa y cálida de quien espera sorpresas, alegrías y aventuras. Finalmente, pesó más en la balanza la parte de seguir adelante, de caminar con aventuras y desventuras nuevas... pero sin aquellos que consciente o inconscientemente, lo echaron todo por tierra: ilusiones, trabajo, valores, confianza y amistad.

Los días se consumen como si no pasase nada, pero sí pasa. Ocurre que es tan doloroso recordar sonrisas, tristezas, caídas y tropiezos... sabiendo que nunca volverán a vivirse igual. Les echo de menos, tanto. Tantísimo. Sus locuras, sus risas, sus ideas, su genialidad, su cariño, su apoyo. Pero han decidido marcharse, dejarlo todo al azar. Abandonar la senda que se abría paralela a mi camino y coger la senda contraria tras ponerme una piedra delante, para tropezar. Tropecé, tropiezo aún, y lo seguiré haciendo por mucho tiempo, porque se me antoja imposible llevar una mochila a mis espaldas sin unas manos que tiren de mi, como ellos hacían.

Y aquí estoy, con una mochila llena de flores, pero también de piedras. Caminando de la oscuridad a la luz, al menos, intentando llegar hasta ella. Sigo recogiendo piedras en el camino, y la verdad, ya no aspiro a dejar de encontrármelas, sino simplemente a ser capaz de agacharme, atraparlas y que la mochila no pese lo suficiente como para quedarme de cuclillas en mitad del camino. Quizás, algún día, sea capaz de ver la piedra, ponerle una sonrisa de media luna a la vida, y darle un puntapiés para echarla fuera. Pero por ahora, no puedo. ¿Camino sola? Me gusta pensar que no... pero se hace duro continuar con unas botas llenas de barro. Escucho en silencio las hojas de los árboles, busco susurros en el viento que me expliquen qué hacer, cómo llevar a buen puerto todo el cargamento que me ha tocado cargar a mis espaldas. Sin embargo, cuando empiezo a saber ver y escuchar, algún tractor gigante llega de frente y me hace desviar del camino, envolviéndome en una nube de polvo que invalida la dirección a la que debo dirigirme.

No sé cómo lo haré, ni con quién. Tampoco sé cómo superar el miedo de fijarme en esas miradas, esas que antes me hacían acomodarme en mi misma y que ahora me hacen huir. No lo sé, es una absoluta incógnita. Pero de momento sigo aquí, con la mochila a cuestas, intentando recoger todas las flores con las que me topo en la senda, en esta senda del tiempo que la vida ha colocado ante mi... que muchas veces es dura y cruel, pero que poco a poco, espero, irá dando paso a su meta y su recompensa. Que no me pague el dolor y el esfuerzo con dinero. Dame, Senda del Tiempo, sonrisas. Dame voces y sorpresas. Dame encuentros y lágrimas, amor y amistad, y absolutamente todo sufrimiento anterior, habrá merecido la pena.

Te espero en el camino, Senda del Tiempo. Con miedos, incertidumbres y cierto pesar, pero al fin y al cabo, creo en ti... y te espero, caminando.





jueves, 10 de octubre de 2013

Luchando por los colores

Llevo un gran tatuaje grabado a fuego en mi alma, el de mis colores. Los colores que me enseñaron quien soy y cómo debo ser. Aquellos que me hicieron ver que compartida la vida sienta mejor. Un tatuaje, unos colores que laten desde hace muchos años en lo más profundo de mi pecho.

Para mi el naranja es el color de la infancia, de Peter Pan y Campanilla. Aquel que mantiene viva en mi la inmadurez propia de un niño y su ilusión. El que me hace reír por tonterías que hacen la vida más llevadera. El verde es el que conserva mi vena cotilla, el del interés que me hace seguir investigando acerca de la vida, el que me recuerda que debo seguir creciendo. El amarillo es el que me hace sentir, el que me trastoca la vida cuando las cosas se tuercen y me hace gritar, enrabietarme y volverme en contra del mundo. Es el color de la energía, de mis ganas de comerme el mundo y de poner mi bandera por delante para que todos sepan que estoy aquí. El azul es mi color favorito. El que me hace mirar atrás para ver los errores y no volver a tropezar en ellos. Es el origen de mis reflexiones acerca de mi gente, de aquellos que tengo a mi lado y no quisiera perder. 

Ellos son mi suerte, mi familia. Ellos le han dado sentido a muchos años de aprendizaje. Y ahora siento que se marchan, que me dejan sola. Los recuerdos viven y afloran en forma de lágrimas azules, amarillas, verdes y naranjas. ¿Quién soy yo sin mis colores, si son los que conforman mi persona? ¿Dónde está todo lo que aprendimos? ¿De verdad hemos tirado por tierra nuestros valores? ¿Dónde hemos dejado nuestras ganas de cambiar el mundo, si nos hemos dejado arrastrar por lo peor que tiene? ¿Dónde se han quedado nuestros sueños, nuestras metas y aspiraciones?  ¿Acaso no recordáis las mañanas en las que el sueño no podía con nosotros porque vencía la ilusión de un nuevo día? ¿Y las noches bajo las estrellas velando por los sueños del de al lado? ¿Dónde han quedado los días en los que nos lo jugábamos todo por seguir siendo grupo, por seguir siendo nosotros y por crecer juntos?

Los que antes eran mi suerte ahora me lo arrebatan todo: mi ilusión, mi esperanza, mi fe. ¿Acaso no importó nunca nada? La decepción se mezcla con la rabia de perderlo todo, por estúpidas locuras que no llegan a ninguna parte. Y ahora que el barco se hunde, ¿quién va a levantarlo? Lo hemos destruído... los colores se entremezclan y el único que sobrevive es el negro. Sí, hemos matado aquello en lo que creíamos. Nosotros, que pretendíamos hacer del mundo algo más sencillo, convirtiéndolo en pequeñas sonrisas... hemos corrompido nuestra ética. Hemos convertido la sencillez en algo complicado y la suerte se torna desdichada. Hemos convertido en escombros nuestro hogar. Nos hemos dejado llevar por un camino de mentiras, odios, decisiones desafortunadas, inmadurez e irresponsabilidad. ¿Y ahora quien nos levanta a nosotros, a los que pretendíamos hacer brillar un mundo que sin darnos cuenta hemos oscurecido?

Quiero gritar que nadie va a quitarme mis colores y que si debo caminar sola por una senda de espinas, aunque mi única recompensa entre millones de caídas y llantos sea una diminuta sonrisa, caminaré. Porque una vez soñé que daba mi vida por quien requería de ella. Porque nunca quise que me pagaran por regalar mi tiempo y lo hicieron. Me pagaron con el mejor salario que me han dado nunca, con esos momentos de canto, de euforia, de alegría cuando algo sale bien y de besos, sonrisas y abrazos. Porque siento mis colores y seré fiel a ellos. Porque a mi me lo han dado todo y sería egoísta que nadie más pudiera optar a sentirlos. Lucharé por ellos mientras quede en mi un pequeño recuerdo de lo que fuimos, mientras quede alguien dispuesto a sentir y hacer sentir. Y si a los días lluviosos les seca el sol... espero con ansia el final de la tormenta. Y cuando dejen de caer rayos y truenos allí estaré yo, esperando a que el sol me estreche la mano con su rayos y me anuncie el nuevo principio... o el fin. Pero pase lo que pase, por mis colores, prometo estar allí... hasta el final.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Un silencio a gritos.

Amanecía como cualquier otro día y los primeros rayos del sol asomaban pidiéndose paso a través de la persiana. Y ella estaba allí, como cada mañana al despertar. Siempre se permitía permanecer 5 minutos más en la cama para verla dormir, para contemplar sus pestañas mojadas y su pelo alborotado. Qué suerte tenía... llevaban ya 3 años casados y aún no podía creérselo. Elise, con esa personalidad tan arrebatadora y esa energía en todos sus movimientos, le había elegido a él y solamente a él para compartir el resto de sus días. Últimamente habían recibido buenas noticias, en 5 meses tendrían una preciosa niña. Se parecería a su madre, seguro. Era tan guapa... Miró el reloj, hora de levantarse. Rápidamente se hizo un café, se lo bebió de un trago y entró una vez más en la habitación para darla un beso en la frente antes de marcharse. Elise se removió entre las sábanas pero no se despertó, aunque él sí pudo percatarse de la sencilla sonrisa que aparecía en sus labios. Sonó un claxon en la calle,  Marc debía estar ya esperándole a la puerta, hoy no le tocaba llevar el coche al trabajo. El viaje hasta la oficina transcurrió tranquilo, una vez que te acostumbras al tráfico de Nueva York no resulta tan irritante. La peor parte sin duda era la de subir hasta el despacho, maldita altura. Por las escaleras era imposible, nunca llegaría pronto a la reunión de las 9:00. El ascensor se hacía más llevadero, pero no tengas claustrofobia porque si no esos 6 minutos y medio de subida se hacen interminables. Miró de nuevo el reloj, las 8:45. Aún tenía cuarto de hora de relax antes de la reunión. Tan pronto como se sentó en la silla del despacho, un zumbido en el aire empezó a hacerse notar, cada vez más insoportable. El bolígrafo de su mesa y el marco de fotos temblaban. Cruzó una mirada de alerta con Marc a través del cristal de la puerta y este señaló hacia la cristalera del salón con un gesto alarmante. Agarró el picaporte de la puerta para salir del despacho y correr a ver qué ocurría, pero en ese momento un sonido descomunal y una explosión hizo que cayera al suelo junto con la mayoría de los libros de su estantería. Cuando al fin pudo levantarse, abrir la puerta y asomarse... no podía creer lo que veían sus ojos. La torre norte, la gemela de la torre en la que él trabajaba, ardía. Había un gran agujero muy cercano a las plantas de arriba. Solo se oían gritos. Marc estaba inmóvil en el suelo, ni siquiera parpadeaba. Gritos y silencio. Jennifer, la secretaria, gritaba, "¡un avión!" y despacio, asimilando lo ocurrido sollozaba, "se ha estrellado un avión". Eso es lo que vio Marc, el avión, por eso no podía moverse... había sido testigo de la colisión. Abajo se acumulaban las sirenas, y la torre, minutos antes llena de vida, ahora moría. Salían despedidos los escombros mientras las llamas se tragaban planta por planta lo que encontraban a su paso. Sus compañeros se agolpaban a su alrededor y con la mirada hacia arriba contemplaban la masacre. No podían hacer nada, estaban aterrorizados. Desde la altura en la que se encontraban, podían ver como espectadores de primera línea todo lo que iba ocurriendo, desde el humo negro hasta los hombres y mujeres, que sin saber qué hacer, viéndose atrapados entre las lenguas de fuego sin ninguna salida, se precipitaban voluntariamente al vacío. Eso era lo peor, sus gritos, sus movimientos y las facciones que podían adivinar. Ya no importaban las reuniones, tampoco los papeles ni el tiempo. Llevaba un rato intentando llamar a su mujer, avisarla, decirla que estaba bien, quizás ni siquiera tuviera nada que decirla, simplemente quería tranquilizarse y oír su voz, pero las líneas estaban colapsadas. ¿Cómo había podido ocurrir tal accidente? A su lado un grito ensordecedor, procedente de la boca de Anna, hizo girarse a todos los presentes. El dedo señalaba hacia la cristalera contraria. Otra vez aquel zumbido, otro avión se acercaba, esta vez con otro destino. No podía ser un accidente, en un segundo lo entendió todo. En su teléfono de pronto una voz contestando a sus llamadas "¡Harry, Harry! ¿Lo has visto? ¿Estás bien?". Sin embargo, era muy tarde para largas conversaciones, para temas sin importancia... lo único que logró salir de su garganta fue "Elise, cuídala. Te quiero, siempre os querré. SIEMPRE". Una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla mientras pensaba en la hija que pronto tendría y a la que nunca vería. No colgó el móvil, sabía que no tenía mucho tiempo, tampoco escapatoria. La voz de Elise seguía impactándole como el primer día, y así quería morir, con la voz de Elise susurrándole al oído como si fuera una noche cualquiera de entre todas las noches que precedieron a aquella mañana. Ahora, tan solo veía al avión a punto de impactar, no había gritos, tampoco zumbidos... solo una voz, la de Elise sollozando un último te quiero. De pronto, se hizo el silencio. Un silencio que se habría de repetir año tras año, un silencio a gritos que desgarra todo hombre, mujer y niño de la Tierra cada 11 de septiembre. Un grito de paz y a la vez de guerra, de dolor y esperanza, de advertencia sobre lo que nunca, nunca jamás debe volver a ocurrir. Porque el World Trade Center fue, es y será un símbolo de la fuerza y la unión de toda la humanidad, de los que se fueron y de los que están. Un símbolo de destrucción convertido en amor, porque el amor ocurra lo que ocurra, nunca muere.