"Escribir es la manera más profunda de leer la vida" Francisco Umbral


No se es poeta por saber leer, ni renombrado escritor por saber escribir. Los grandes hombres son los que saben, se proponen metas, se esfuerzan y las alcanzan.

jueves, 25 de octubre de 2012

Todo y nada

Hola, ¿qué tal? Sí, soy yo otra vez. La que se muere por un mínimo roce de tus manos, la que daría la vuelta al mundo por uno de tus abrazos, la que volaría hasta plutón, ida y vuelta, por saberme tuya de nuevo. Lo imposible resulta tan atractivo que asusta. Me asusta intentar una y otra vez aquello que sé que no volverá a ser, pero incluso más temor me suscita desistir. No puedo darlo por imposible a pesar de ser consciente de que lo es. Creo olvidarte y vuelves, creo no amarte y me imagino a tu lado. No entra en mi cabeza otro final que el que yo elegí, el final interminable de estar siempre junto a ti. Y frente a eso, ¿qué puedo hacer? Me siento como una ola que no rompe, varada en la misma coordenada geográfica, sin prisas ni ganas de llegar a la orilla, necesitando que el viento la empuje. ¿Y si la brisa no sopla nunca más? Me ahogaré en mi misma, te necesito aquí y ahora para seguir caminando. Sé que sola puedo conseguirlo, pero necesito tanto tiempo para ello que me da pavor. No sé si estás ciego de verdad o quieres seguir manteniendo la venda sobre los ojos... pero necesito que veas al menos una vez más lo que hay detrás de mis palabras: una continua súplica para que me quieras como lo hiciste hace tiempo, antes de que la vida se torciera; Una petición de ayuda para enseñarme el cielo que creí pisar un día; Una mirada que elimine el dolor que siento por tu ausencia... porque tienes razón, no somos nada, pero duele como si lo fuéramos todo.


jueves, 18 de octubre de 2012

Cual hoja otoñal pegada a tu ventana.

Ahí está, respiro y miro mi reflejo en ese escaparate... ha vuelto el vaho y todo se empaña: los espejos, las ventanas, los corazones... como el mío. La luz se queda entre las nubes, los rayos ya no calientan y las hojas marchitas, caen. ¿Sería una locura compararme con ellas? No, de hecho, sería la comparación perfecta. Necesito mi sol, su calor, su compañía. Saciar mi sed con su mirada, necesito que me devuelva a la vida... y no me deje caer cual hoja otoñal. Qué ilusa fui al creer que mi alegría sería eterna por ser eterno él. Pensé que no se iría jamás, lo veía tan claro... que ahora, cuando se me doblan las rodillas al soñarle me siento tan débil, tan autoengañada... por ingenua, por inocente, por quererle. Una vez más me dejé abrazar erróneamente entre los cálidos brazos de alguien que creía me amaba. Y aquí estoy yo, rota por vivir sin saber que él no era el que Dios quería para mi. ¿Y ahora qué hago yo sin él? Mis ilusiones... ¿dónde anclaron? Estarán perdidas en algún lejano y gélido mar, donde nadie las pueda traer de vuelta, con la seguridad de que nada ni nadie las volverá a fragmentar, lejos del alcance de las olas y las corrientes, para no regresar jamás. ¿Acaso alguna vez fui importante? Aunque solo me sientiera imprescindible una décima de segundo... ¿En algún momento intentó mantener viva la llama? ¿Y luchar por mi? Llueve y no hay paraguas que me resguarde... qué día más triste y apagado. ¿Serán el resto de mis días como este? Si es así, que el viento me lleve como a las hojas en otoño... y con un poco de suerte, apareceré pegada al cristal de su ventana, para solo contemplarle unos segundos antes de alejarme por siempre de su vida, de su amor y de esos labios en que tantas veces me perdí, segura de tenerlos para mi el resto de mi vida.