"Escribir es la manera más profunda de leer la vida" Francisco Umbral


No se es poeta por saber leer, ni renombrado escritor por saber escribir. Los grandes hombres son los que saben, se proponen metas, se esfuerzan y las alcanzan.

jueves, 10 de octubre de 2013

Luchando por los colores

Llevo un gran tatuaje grabado a fuego en mi alma, el de mis colores. Los colores que me enseñaron quien soy y cómo debo ser. Aquellos que me hicieron ver que compartida la vida sienta mejor. Un tatuaje, unos colores que laten desde hace muchos años en lo más profundo de mi pecho.

Para mi el naranja es el color de la infancia, de Peter Pan y Campanilla. Aquel que mantiene viva en mi la inmadurez propia de un niño y su ilusión. El que me hace reír por tonterías que hacen la vida más llevadera. El verde es el que conserva mi vena cotilla, el del interés que me hace seguir investigando acerca de la vida, el que me recuerda que debo seguir creciendo. El amarillo es el que me hace sentir, el que me trastoca la vida cuando las cosas se tuercen y me hace gritar, enrabietarme y volverme en contra del mundo. Es el color de la energía, de mis ganas de comerme el mundo y de poner mi bandera por delante para que todos sepan que estoy aquí. El azul es mi color favorito. El que me hace mirar atrás para ver los errores y no volver a tropezar en ellos. Es el origen de mis reflexiones acerca de mi gente, de aquellos que tengo a mi lado y no quisiera perder. 

Ellos son mi suerte, mi familia. Ellos le han dado sentido a muchos años de aprendizaje. Y ahora siento que se marchan, que me dejan sola. Los recuerdos viven y afloran en forma de lágrimas azules, amarillas, verdes y naranjas. ¿Quién soy yo sin mis colores, si son los que conforman mi persona? ¿Dónde está todo lo que aprendimos? ¿De verdad hemos tirado por tierra nuestros valores? ¿Dónde hemos dejado nuestras ganas de cambiar el mundo, si nos hemos dejado arrastrar por lo peor que tiene? ¿Dónde se han quedado nuestros sueños, nuestras metas y aspiraciones?  ¿Acaso no recordáis las mañanas en las que el sueño no podía con nosotros porque vencía la ilusión de un nuevo día? ¿Y las noches bajo las estrellas velando por los sueños del de al lado? ¿Dónde han quedado los días en los que nos lo jugábamos todo por seguir siendo grupo, por seguir siendo nosotros y por crecer juntos?

Los que antes eran mi suerte ahora me lo arrebatan todo: mi ilusión, mi esperanza, mi fe. ¿Acaso no importó nunca nada? La decepción se mezcla con la rabia de perderlo todo, por estúpidas locuras que no llegan a ninguna parte. Y ahora que el barco se hunde, ¿quién va a levantarlo? Lo hemos destruído... los colores se entremezclan y el único que sobrevive es el negro. Sí, hemos matado aquello en lo que creíamos. Nosotros, que pretendíamos hacer del mundo algo más sencillo, convirtiéndolo en pequeñas sonrisas... hemos corrompido nuestra ética. Hemos convertido la sencillez en algo complicado y la suerte se torna desdichada. Hemos convertido en escombros nuestro hogar. Nos hemos dejado llevar por un camino de mentiras, odios, decisiones desafortunadas, inmadurez e irresponsabilidad. ¿Y ahora quien nos levanta a nosotros, a los que pretendíamos hacer brillar un mundo que sin darnos cuenta hemos oscurecido?

Quiero gritar que nadie va a quitarme mis colores y que si debo caminar sola por una senda de espinas, aunque mi única recompensa entre millones de caídas y llantos sea una diminuta sonrisa, caminaré. Porque una vez soñé que daba mi vida por quien requería de ella. Porque nunca quise que me pagaran por regalar mi tiempo y lo hicieron. Me pagaron con el mejor salario que me han dado nunca, con esos momentos de canto, de euforia, de alegría cuando algo sale bien y de besos, sonrisas y abrazos. Porque siento mis colores y seré fiel a ellos. Porque a mi me lo han dado todo y sería egoísta que nadie más pudiera optar a sentirlos. Lucharé por ellos mientras quede en mi un pequeño recuerdo de lo que fuimos, mientras quede alguien dispuesto a sentir y hacer sentir. Y si a los días lluviosos les seca el sol... espero con ansia el final de la tormenta. Y cuando dejen de caer rayos y truenos allí estaré yo, esperando a que el sol me estreche la mano con su rayos y me anuncie el nuevo principio... o el fin. Pero pase lo que pase, por mis colores, prometo estar allí... hasta el final.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Un silencio a gritos.

Amanecía como cualquier otro día y los primeros rayos del sol asomaban pidiéndose paso a través de la persiana. Y ella estaba allí, como cada mañana al despertar. Siempre se permitía permanecer 5 minutos más en la cama para verla dormir, para contemplar sus pestañas mojadas y su pelo alborotado. Qué suerte tenía... llevaban ya 3 años casados y aún no podía creérselo. Elise, con esa personalidad tan arrebatadora y esa energía en todos sus movimientos, le había elegido a él y solamente a él para compartir el resto de sus días. Últimamente habían recibido buenas noticias, en 5 meses tendrían una preciosa niña. Se parecería a su madre, seguro. Era tan guapa... Miró el reloj, hora de levantarse. Rápidamente se hizo un café, se lo bebió de un trago y entró una vez más en la habitación para darla un beso en la frente antes de marcharse. Elise se removió entre las sábanas pero no se despertó, aunque él sí pudo percatarse de la sencilla sonrisa que aparecía en sus labios. Sonó un claxon en la calle,  Marc debía estar ya esperándole a la puerta, hoy no le tocaba llevar el coche al trabajo. El viaje hasta la oficina transcurrió tranquilo, una vez que te acostumbras al tráfico de Nueva York no resulta tan irritante. La peor parte sin duda era la de subir hasta el despacho, maldita altura. Por las escaleras era imposible, nunca llegaría pronto a la reunión de las 9:00. El ascensor se hacía más llevadero, pero no tengas claustrofobia porque si no esos 6 minutos y medio de subida se hacen interminables. Miró de nuevo el reloj, las 8:45. Aún tenía cuarto de hora de relax antes de la reunión. Tan pronto como se sentó en la silla del despacho, un zumbido en el aire empezó a hacerse notar, cada vez más insoportable. El bolígrafo de su mesa y el marco de fotos temblaban. Cruzó una mirada de alerta con Marc a través del cristal de la puerta y este señaló hacia la cristalera del salón con un gesto alarmante. Agarró el picaporte de la puerta para salir del despacho y correr a ver qué ocurría, pero en ese momento un sonido descomunal y una explosión hizo que cayera al suelo junto con la mayoría de los libros de su estantería. Cuando al fin pudo levantarse, abrir la puerta y asomarse... no podía creer lo que veían sus ojos. La torre norte, la gemela de la torre en la que él trabajaba, ardía. Había un gran agujero muy cercano a las plantas de arriba. Solo se oían gritos. Marc estaba inmóvil en el suelo, ni siquiera parpadeaba. Gritos y silencio. Jennifer, la secretaria, gritaba, "¡un avión!" y despacio, asimilando lo ocurrido sollozaba, "se ha estrellado un avión". Eso es lo que vio Marc, el avión, por eso no podía moverse... había sido testigo de la colisión. Abajo se acumulaban las sirenas, y la torre, minutos antes llena de vida, ahora moría. Salían despedidos los escombros mientras las llamas se tragaban planta por planta lo que encontraban a su paso. Sus compañeros se agolpaban a su alrededor y con la mirada hacia arriba contemplaban la masacre. No podían hacer nada, estaban aterrorizados. Desde la altura en la que se encontraban, podían ver como espectadores de primera línea todo lo que iba ocurriendo, desde el humo negro hasta los hombres y mujeres, que sin saber qué hacer, viéndose atrapados entre las lenguas de fuego sin ninguna salida, se precipitaban voluntariamente al vacío. Eso era lo peor, sus gritos, sus movimientos y las facciones que podían adivinar. Ya no importaban las reuniones, tampoco los papeles ni el tiempo. Llevaba un rato intentando llamar a su mujer, avisarla, decirla que estaba bien, quizás ni siquiera tuviera nada que decirla, simplemente quería tranquilizarse y oír su voz, pero las líneas estaban colapsadas. ¿Cómo había podido ocurrir tal accidente? A su lado un grito ensordecedor, procedente de la boca de Anna, hizo girarse a todos los presentes. El dedo señalaba hacia la cristalera contraria. Otra vez aquel zumbido, otro avión se acercaba, esta vez con otro destino. No podía ser un accidente, en un segundo lo entendió todo. En su teléfono de pronto una voz contestando a sus llamadas "¡Harry, Harry! ¿Lo has visto? ¿Estás bien?". Sin embargo, era muy tarde para largas conversaciones, para temas sin importancia... lo único que logró salir de su garganta fue "Elise, cuídala. Te quiero, siempre os querré. SIEMPRE". Una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla mientras pensaba en la hija que pronto tendría y a la que nunca vería. No colgó el móvil, sabía que no tenía mucho tiempo, tampoco escapatoria. La voz de Elise seguía impactándole como el primer día, y así quería morir, con la voz de Elise susurrándole al oído como si fuera una noche cualquiera de entre todas las noches que precedieron a aquella mañana. Ahora, tan solo veía al avión a punto de impactar, no había gritos, tampoco zumbidos... solo una voz, la de Elise sollozando un último te quiero. De pronto, se hizo el silencio. Un silencio que se habría de repetir año tras año, un silencio a gritos que desgarra todo hombre, mujer y niño de la Tierra cada 11 de septiembre. Un grito de paz y a la vez de guerra, de dolor y esperanza, de advertencia sobre lo que nunca, nunca jamás debe volver a ocurrir. Porque el World Trade Center fue, es y será un símbolo de la fuerza y la unión de toda la humanidad, de los que se fueron y de los que están. Un símbolo de destrucción convertido en amor, porque el amor ocurra lo que ocurra, nunca muere.