"Escribir es la manera más profunda de leer la vida" Francisco Umbral


No se es poeta por saber leer, ni renombrado escritor por saber escribir. Los grandes hombres son los que saben, se proponen metas, se esfuerzan y las alcanzan.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Un silencio a gritos.

Amanecía como cualquier otro día y los primeros rayos del sol asomaban pidiéndose paso a través de la persiana. Y ella estaba allí, como cada mañana al despertar. Siempre se permitía permanecer 5 minutos más en la cama para verla dormir, para contemplar sus pestañas mojadas y su pelo alborotado. Qué suerte tenía... llevaban ya 3 años casados y aún no podía creérselo. Elise, con esa personalidad tan arrebatadora y esa energía en todos sus movimientos, le había elegido a él y solamente a él para compartir el resto de sus días. Últimamente habían recibido buenas noticias, en 5 meses tendrían una preciosa niña. Se parecería a su madre, seguro. Era tan guapa... Miró el reloj, hora de levantarse. Rápidamente se hizo un café, se lo bebió de un trago y entró una vez más en la habitación para darla un beso en la frente antes de marcharse. Elise se removió entre las sábanas pero no se despertó, aunque él sí pudo percatarse de la sencilla sonrisa que aparecía en sus labios. Sonó un claxon en la calle,  Marc debía estar ya esperándole a la puerta, hoy no le tocaba llevar el coche al trabajo. El viaje hasta la oficina transcurrió tranquilo, una vez que te acostumbras al tráfico de Nueva York no resulta tan irritante. La peor parte sin duda era la de subir hasta el despacho, maldita altura. Por las escaleras era imposible, nunca llegaría pronto a la reunión de las 9:00. El ascensor se hacía más llevadero, pero no tengas claustrofobia porque si no esos 6 minutos y medio de subida se hacen interminables. Miró de nuevo el reloj, las 8:45. Aún tenía cuarto de hora de relax antes de la reunión. Tan pronto como se sentó en la silla del despacho, un zumbido en el aire empezó a hacerse notar, cada vez más insoportable. El bolígrafo de su mesa y el marco de fotos temblaban. Cruzó una mirada de alerta con Marc a través del cristal de la puerta y este señaló hacia la cristalera del salón con un gesto alarmante. Agarró el picaporte de la puerta para salir del despacho y correr a ver qué ocurría, pero en ese momento un sonido descomunal y una explosión hizo que cayera al suelo junto con la mayoría de los libros de su estantería. Cuando al fin pudo levantarse, abrir la puerta y asomarse... no podía creer lo que veían sus ojos. La torre norte, la gemela de la torre en la que él trabajaba, ardía. Había un gran agujero muy cercano a las plantas de arriba. Solo se oían gritos. Marc estaba inmóvil en el suelo, ni siquiera parpadeaba. Gritos y silencio. Jennifer, la secretaria, gritaba, "¡un avión!" y despacio, asimilando lo ocurrido sollozaba, "se ha estrellado un avión". Eso es lo que vio Marc, el avión, por eso no podía moverse... había sido testigo de la colisión. Abajo se acumulaban las sirenas, y la torre, minutos antes llena de vida, ahora moría. Salían despedidos los escombros mientras las llamas se tragaban planta por planta lo que encontraban a su paso. Sus compañeros se agolpaban a su alrededor y con la mirada hacia arriba contemplaban la masacre. No podían hacer nada, estaban aterrorizados. Desde la altura en la que se encontraban, podían ver como espectadores de primera línea todo lo que iba ocurriendo, desde el humo negro hasta los hombres y mujeres, que sin saber qué hacer, viéndose atrapados entre las lenguas de fuego sin ninguna salida, se precipitaban voluntariamente al vacío. Eso era lo peor, sus gritos, sus movimientos y las facciones que podían adivinar. Ya no importaban las reuniones, tampoco los papeles ni el tiempo. Llevaba un rato intentando llamar a su mujer, avisarla, decirla que estaba bien, quizás ni siquiera tuviera nada que decirla, simplemente quería tranquilizarse y oír su voz, pero las líneas estaban colapsadas. ¿Cómo había podido ocurrir tal accidente? A su lado un grito ensordecedor, procedente de la boca de Anna, hizo girarse a todos los presentes. El dedo señalaba hacia la cristalera contraria. Otra vez aquel zumbido, otro avión se acercaba, esta vez con otro destino. No podía ser un accidente, en un segundo lo entendió todo. En su teléfono de pronto una voz contestando a sus llamadas "¡Harry, Harry! ¿Lo has visto? ¿Estás bien?". Sin embargo, era muy tarde para largas conversaciones, para temas sin importancia... lo único que logró salir de su garganta fue "Elise, cuídala. Te quiero, siempre os querré. SIEMPRE". Una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla mientras pensaba en la hija que pronto tendría y a la que nunca vería. No colgó el móvil, sabía que no tenía mucho tiempo, tampoco escapatoria. La voz de Elise seguía impactándole como el primer día, y así quería morir, con la voz de Elise susurrándole al oído como si fuera una noche cualquiera de entre todas las noches que precedieron a aquella mañana. Ahora, tan solo veía al avión a punto de impactar, no había gritos, tampoco zumbidos... solo una voz, la de Elise sollozando un último te quiero. De pronto, se hizo el silencio. Un silencio que se habría de repetir año tras año, un silencio a gritos que desgarra todo hombre, mujer y niño de la Tierra cada 11 de septiembre. Un grito de paz y a la vez de guerra, de dolor y esperanza, de advertencia sobre lo que nunca, nunca jamás debe volver a ocurrir. Porque el World Trade Center fue, es y será un símbolo de la fuerza y la unión de toda la humanidad, de los que se fueron y de los que están. Un símbolo de destrucción convertido en amor, porque el amor ocurra lo que ocurra, nunca muere.